La codicia de los hombres
Yo que hubiera preferido, el complejo de Adán al complejo de Edipo, ahora me avergüenzo de la virilidad castrada. Por un lado me aferro a la madre y por el otro, no encuentro mejor forma que dejar al silencio, cubrir a Eva de su cruz siempre encausada.
Porque abigarrados son nuestros sentidos, que me perdone Borges por lo que diré, más se parece ahora la muerte a un feroz fetiche. Ya nadie es más hombre que las mujeres, dependemos del cáliz que nos protege con su badana, si bueno fuera sería la de Silvina Ocampo (o de Elsa Bustamante).
Recova de ciertos elementos que necesito, muchos de ellos son la gallardía y el valor, que rehuyen esta tarde ante el silencio abyecto.
Y una vez más nos perdimos, entre los sollozos de una flor, no es amor, es cobardía, no es pasión, es falta de valor.
Es displicencia.
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