Lucinda (de parte de un Colibrí)

Ella era mujer coqueta, siempre hacia morisquetas, para alegrarme un montón. Yo rabioso adolescente, siempre andaba bravucón. Barrera arroz zambito, con sus viejos zapatitos, caminaba despacito, sin apuros por llegar, pues temía tropezar y se le quemaba toditito.
 
Yo golpeaba por las tardes, mi música incontrolable, la casa tenía que temblar, mi abuelita en su cuarto cooperaba al tararear, yo gritaba mi nirvana y a mi abuela le gustaba, todo lo que se me antojaba. Es posible que mi abuela siga siendo metalera, se divierta donde fuera, donde no la veo yo. Pues una tarde de verano, la tomaron de la mano, le pidieron rendición, yo venía de la calle, vi a mi abuela en la escalera, ¿uy mi abuela majadera que se habrá empujado hoy?
 
Seguramente chicharrones, chocolate o cevichon, eso y más sabe Dios. Ese día fue fatal, yo la tuve que abrazar, no quería regresar y se hacía de rogar. Al tocar sus suaves manos, el adiós de los humanos para siempre se marchó. 

Pero yo sé dónde se encuentra, observando mis rabietas, en ese parque lejano, donde árboles de manzanos crecen para descansar, ahí está mi viejita, en silencio toditita, del más fuerte metal como yo.

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