Un café en la mañana (2)
Por
allí cerca quedaba la Mina, el lugar donde los espectros vivían, de donde
salían a cogotearte si te agarraban tercio, no podías ser sano para salir en
las noches. Ya tenía cierta experiencia por esos lugares, tenía algunas mechas
encima, algunos cuentos que contar, muchos ciertos otros solo fábulas. Yo era
un lobo estepario, me gustaba ir solo, me había ganado la fama de loco de
mierda, entre mis colegas estaba medio cagado de la cabeza, eso era mi
caparazón ante las escaramuzas y las peleas que no quería pelear, nadie se
pelea con un loco de mierda.
Esta
forma de andar había desarrollado en mí ciertas habilidades, a escuchar más
allá de lo evidente, como me decía mi amigo Carlos. Tenías que saber si alguien
te seguía en las calles, a veces te querían poner, y tú tenías que estar
atento.
Así
pues Salvador que caminaba cuesta abajo las calles del centro de Lima, dejaba
atrás la avenida Tacna y entraba a Colmena, pasaba las academias de las
flaquitas con falditas y piernas bien
ricas. Se internaba lenta y sigilosamente en la noche, en esa selva de
travestis que habitan por ahí.
Ya
casi no había puestos de comida al paso, solo una tiendita conocida por vender
buena marihuana y algo de pasta, pero para eso tenías que pagar primero y luego
tener fé. La casaca negra lo dejaba a
buen recaudo de los pirañas que estaban quemando su mente con terokal sobre las
bancas que están fuera del antiguo cine Tauro, ahora convertido en un cine
hindú.
-Mi mundo se está acabando; pensaba mientras
seguía los latidos de su corazón en las calles tan solitarias de su mente.
Aún
le faltaba un largo tramo hasta llegar a casa, a su cuarto a su mundo. Y quien
sabe, tal vez más tarde en este viejo y conocido rumbo, puedan haber nuevas
experiencias y relamidos de un perro sucio, como cuando uno imagina que llega
pero no llega, solo es una cosa así como tu cansancio. Salvador se había
sentado en la vereda oscura y adornada con grumos de esputos resecos.
Las
zapatillas viejas con marcas de lapicero, tenían sus iniciales y el nombre de
su banda de rock favorita. Ya el pantalón no le entraba tan bien, se estaba
poniendo viejo y lo sentía.
-Mi mundo se está acabando; se repitió. Se
levantó y caminó por unas sombras más hasta que divisó la entrada.
-Todo lugar conserva tu olor; le había
dicho su abuela, si no te bañas después huele feo.
Tenía
tanta razón la viejita.
-Este cuarto huele a mí, se acabará mi
mundo pero esto no, esto es mío; se dijo cogiéndose el culo y apretando las
manos en la nalga.
-Esto es mío puta madre; se dejó llevar
por un pedazo de galleta en un sobre viejo y de semanas puesto en un borde de
su escritorio.
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