Un café en la mañana (1)

La Ciudad de los Reyes

 

Era temprano aquella mañana en la Ciudad de los Reyes. El olor de las fritangas tan característico del lugar donde yo vivía, como sus interminables filas de basura que adornan cada paso, con esos extremos de un poco de cemento con desilusión; y aquellas personas enfrentándose a una nueva vida –pues, allá ellos- es como siempre, son, pero no son; como entrando a un nuevo día, era una realidad tan distante para mí.

Yo que había enfrentado a mis miedos y temores y había perdido, la batalla con el jabón a diario al menos era mía.

La televisión era un vicio pasajero, en realidad la costumbre puede más que la analítica, ¿me puedo reír de esta afirmación?, posiblemente.  Pero el estuche de ser humano que soy ahora se lo debo a tanta mala noche y licor barato, no podía ahora ser efusivo, ni lo quería ser tampoco.

Una moneda en el piso me ganaba a mí, yo que antes la hubiera recogido sin vacilar, pero esas acrobacias las dejo para los jóvenes de éstos tiempos, ahora yo soy como un cadáver joven que ve su vejez encima, a pesar de que no tiene canas y no usa dientes postizos. Recordaba tan buenos tiempos por el centro de Lima, allí donde acababan tus temores, donde eras uno con la noche, siempre tan libertina como tu suerte podía dejarte.

Las calles se pintaban de adolescentes desenfrenados, con los ojos brillantes. Allí donde la calle se curvaba, entraba a la Plaza Francia con su vieja estatua, se encuentran brillantes las pupilas dilatadas de los jóvenes, y las madres con las manos tapando los ojos de niños inocentes.

-Por dios, la sociedad está peor cada día; gruñía la cucufata de adelante, que viajaba ahogándose en un cinturón de inseguridad y de grasa deforme.

- ¡Que Snobs!; pensé.

Realmente nosotros sabíamos que esta era una ciudad nocturna, una ciudad caliente que se esconde en las mañanas de resacas perpetuas y van a morir a algún vaso de sal de andrews con agua mineral helada, eso eran realmente las caminatas que terminaban en el rachi, la alita frita, la salchipapa o el sanguchón con su respectiva gaseosa, para matar el hambre de la bajada y no tener un feo rebote.

-Porque la verdad causa esa nota es una huevada; y me lo decía mi proveedor personal.

Yo le hacía caso. La razón de la experiencia puede más que mil hombres jóvenes.

Mientras me abría paso entre el humo de algunos carros cazadores, los tacos apolillados de las putas de Cailloma, la oferta sobre una demanda viril y yo que pasaba por la puerta del Salón Imperial –lugar de tantas batallas- donde vivimos un anarquismo de licores y sexo.

 

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