La Referencia
Salvador tomaba por el cuello al menor que se encontraba moribundo con una cánula binasal. En su mano izquierda en lo alto, se apoyaba como podía sobre la pared metálica de la vieja ambulancia y con cada piedra saltando, pensaba en la desgracia de ese niño; en esa mano llevaba el suero fisiológico que goteaba y se trababa.
-Mierda de Ministro, mierda de Presidente, mierda, mierda mierda; pensaba.
La puerta medio abierta amarrada por afuera con una correa, se podía respirar el polvo mientras echados viajaban encima de un colchón viejo. Él empezó a llorar. La mamá del menor la miraba, él sabia poco quechua, que le habrá dicho esa señora.
-¿Se salvará mi hijo? ¿Sabes lo que haces doctorcito?; esas palabras machacaban su mente hasta ahora.
-Carajo; pensaba, mierda de Ministro, mierda de Presidente, mierda no te mueras. Se secaba la cara de la vergüenza, ya su mandil pasó a ser plomo y amarillo con manchas transparentes y pegajosas por el moco.
Se escurría el paciente por aquí por allá. Llegando a la carretera solo faltaban 2 horas para llegar al Hospital, el camino era libre pero lejos de cualquier ayuda, estéril de un misero botiquín. No se detuvo más pensando y mirando.
-Tranquilo doctor, ya vamos a llegar; le dijo el Caña. Asustado, sudado y tenso como él mentando la madre a todos por no dar pase a la ambulancia.
Su último día en el Serums, que bonito. Tendrás experiencias; le dijeron. No, esta no será así. Pisa Caña, pisa el acelerador que se muere. Parecía una repetición de su propia vida, un circulo vicioso que no terminaba jamás. Que paradoja. La sangre se había coagulado, el suero no pasaba y el brazo del niño se iba hinchando, Salvador saco de su bolsillo la jeringa con la había saltado a la ambulancia, sacó la tapa con la boca como pudo, se corto un poco, no importó. Hizo malabares para meter la aguja al equipo de venoclisis, jaló el embolo y entre sacaba y soltaba la sangre pasó.
-Malditos todos; guardó la aguja nuevamente.
-Ya llegamos; el Caña me señala el Hospital, nadie nos espera.
-Es una emergencia abre la puerta Perro; gritó el Caña. El Perro estaba somnoliento sacándose las legañas.
-¿Tienes la Hoja de Referencia sellada?; pregunta el Perro.
-¡Abra la puta puerta carajo yo soy el Médico!; se encolerizó.
-¿Quieres que te haga un informe y te boten?; mostrándole el suero en su mano.
-Pase doctor pase, avisa pues Caña; abre el portón de golpe.
En el estacionamiento de Emergencia nadie les esperaba. No trajeron camilla, no trajeron ni silla de ruedas, con el brazo dormido tuvo que cargar Salvador a ese niño hasta la cama donde estaba el Pediatra. Lo colocó con cuidado, con cara pálida, de imbécil.
-Es una probable meningitis, desapareció de su casa y pasó la noche entera en la calle; dijo Salvador.
-Hay que hacerle una punción lumbar; respondió.
-¿Que le aplicaste?; le dijo.
-Solo había ampicilina de 1 gramo; sollozo Salvador.
-Eso no es suficiente, llama a sus padres para que paguen la punción lumbar.
-Pero ellos son de escasos recursos ellos no tienen con que...
-Eso no me importa que vengan que vean como hacen.
-No hay Asistente Social que les pueda ayudar.
-No me hagas perder mi tiempo, llama a los padres.
Afuera los padres tan confundidos como Salvador, escuchó a los lejos que su colega le decía que también tenía que tomar antibióticos, para prevenir una infección, no le interesaron sus palabras, regresó donde el niño ante la mirada atónita de su colega, se acercó donde él y le dijo.
-No puedo hacer más, sé que no me escuchas, pero si pudiera daría la vida por ti.
Se acercó a su cabello, cogió su frente y lo besó, no pensó jamás dar un beso más triste a nadie. Salió aturdido, sin pensar, llorando. Lo siguieron.
-No había visto a nadie que se comportara como tú; le dijo una mujer con uniforme, era enfermera.
-No llores, has hecho lo que haz podido; le secaba los ojos de las lágrimas.
Salvador se puso de pie, miró como el sol moría entre las nubes, la miró a ella, agachó la mirada y con ese dolor que solo puedes comprender cuando no te queda nada más que hacer, le dijo.
-Déjame llorar.
Miró su reloj con la ambulancia en marcha, el Caña al volante contando las anécdotas, eran las 3 de la tarde. Su Serums había terminado oficialmente. Pero Salvador aún sueña con ese niño.
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