El perfecto asesino
Desde el borde de la vereda, con chapitas de gaseosa, papeles con kerosene, un anillo de oro con sangre en un dedo índice de la mano izquierda, que había sostenido algún pañuelo naranja en tiempos mejores. Burrocil había dejado la vida después de un cobarde grito, casi le habían desgarrado el triángulo de Scarpa, el ángulo entre mentón y deltoides ya había desaparecido para dejar un hueco, de donde salió toda esa sangre que ahora eran las manchas de costras de la Plaza San Martín.
-Se lo merecía por hijo de puta.
-No hables asi, nadie se merece esa muerte, ni que su familia lo encuentre así; como que lo cuidaba Tiburcio.
-Ya te estás poniendo maricón, que te crees cuando eres defensor de los derechos humanos, movía los brazos llamando la atención de un canillita.
-Perú libre, si señor, paga con un sol o cincuenta. Está su cambio.
-No te equivoques, yo solo digo que nos están arruinando los lunes carajo y que nos ensucian la plaza con la sangre de este puerco.
-Pues no sonaba así lo que dijiste al comienzo. Se miraban de reojo, las moscas volaban y se posaban en la sangre.
-¿Vamos por un caldazo?, donde la tia rompe diente.
-Vamos pues.
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